Historia de Paiján

Paiján, pueblo que anteriormente se llamó «Paycaem» (según la lengua yunga: Paraje de aguas y árboles) fue fundada por el corregidor don Diego de Mora y lo denominó como «Villa El Salvador de Paiján». Aunque hasta la fecha no se sabe quien lo fundó, hay algunas hipótesis que afirman esto.

El distrito fue creado durante el gobierno del Presidente Eduardo López de Romaña, mediante Ley del 10 de noviembre de 1900, la misma que dio a su capital el título de Villa y en la Ley Nº 9689 del 12 de diciembre de 1942 la elevó a categoría de Ciudad.

ETIMOLOGÍA DEL NOMBRE PAIJÁN 

Por: Enrique Paz Ezquerre

PAI, de PAIJEIÑ, significa torcer, voltear, en la lista
de Middendorf.
JA, significa agua en los listados de Bastian,
Middendorf, Bruning, Larco y Kosok. En la lista de
Bastian, agua también se dice LA.
AN significa casa en el vocabulario de La Carrera,
Bastian, Middendorf y Bruning. JANG significa sol en la lista de Middendorf.
XLLANG significa sol en la lista de La Carrera.
PALLA significa olla en la lista de Bastian y en la de
Middendorf.
PALJA también significa olla en la lista de Bastian.

El diccionario de Zevallos Quiñones, del año 1946, traduce las palabras del yunga al castellano.

Se ha publicado un nuevo diccionario, titulado Diccionario Mochica-Castellano,Castellano-Mochica que, a los textos recogidos por Zevallos, se agregan otras listas de palabras recogidas por Baltazar Jaime Martínez de Compagñón, Hans Heinrich
Brüning y Paúl Kosok (Salas, 2002), que enriquece la bibliografía sobre el tema.

En el año 1566: se escribe PAYJAN (Fuente: documento del Archivo Departamental de La Libertad, Trujillo (ADL), Corr. Ord., 22.VIII.1620. También AGI/J462, 1869). Es decir, a 34 años de la llegada de los
españoles al Perú.

  • En el año 1580 el Escribano Receptor, Francisco Alcocer, en las “Probanzas de indios y españoles referentes a las catastróficas lluvias de 1578, en los corregimientos de Trujillo y Saña”, escribe PAYJAN.
  • En el año 1644, Fernando de La Carrera, en su “Gramática de la Lengua Yunga”, escribe PAYXAN.
  • En el año 1763, Miguel Feijoó de Sosa, en su “Relación descriptiva de la ciudad y provincia de Trujillo del Perú”, escribe PAYJAN.

Obsérvese que la manera de escribir PAYJAN se mantiene en uso, solo en los ejemplos, alrededor de doscientos años, entre escribanos y funcionarios de la administración virreinal. El cura y vicario de Reque, La Carrera, escribe PAYXAN, en donde la “J” está reemplazada por la “X”. Modernamente solo se ha cambiado la “Y” griega por la “i” latina: PAIJÁN.

Historia del Señor de los Milagros

Por: Jimmy Cesar Romero Chirinos

Se preparaban para un día común de pesca, cada uno con diferentes perspectivas respecto a su realidad tanto social y económica. Cuatro y media de la mañana; alistaban sus redes, anzuelos, sus cañas y todos sus demás pérfidos artefactos reunidos y catalogados en un bolso andino; tenían que dirigirse al balneario más cercano del pueblo.

En aquel tiempo la tierra y la pesca eran las fuentes principales de sostenibilidad, pero la sostenibilidad no dependía de su posesión, sino de la
capacidad para hacerla productiva. Y es ese uno de los motivos principales, por el cual pudo mantenerse el régimen de propiedad colectiva de la tierra,
centrado en las comunidades rurales. Tenían que recorrer aproximadamente 50 minutos para poder llegar al balneario. ¡Lo hicieron!

La sociedad colonial se dividió, en teoría, en dos repúblicas paralelas que además, se complementaban. Españoles e indígenas debían mantener una separación a todo nivel: leyes, autoridades, derechos, obligaciones y espacios. Los españoles en las ciudades; los indígenas en el campo y en
las reducciones. Éramos una reducción.

Ocho de enero de 1573, ya estaban listos, listos para iniciar su día con el bienestar y la satisfacción de ejecutar un buen trabajo. En efecto, caminarían cerca de 50 minutos hacia el balneario más cercano del pueblo. En el trayecto se encontraron con Alejandro Fernández, un español residente en Lima, pero que visitaba tierras norteñas con ánimos y ansias
de opulencia; María lo esperaba, una india mulata seducida por el verbo cautivador de un español. ¡Ella lo esperaba!

Alejandro Fernández, era un personaje curioso. Curioso porque escapaba del clásico prototipo español del siglo XVI; carismático, orador y con alguna o cierta capacidad de motivar y suscitar la admiración de los indios, gracias
a su supuesto “magnetismo personal”. Él, en el poco tiempo que se encontraba en Payjan, finalmente pudo constatar que no obstante la gran demanda que tenía el pescado en aquella pequeña ciudad, su precio era relativamente elevado y su calidad dejaba que desear. Fue entonces que intuyó la posibilidad de establecer una pingüe empresa si adquiría una embarcación de regular calado con la que pudiera pescar en alta mar y en abundante cantidad, desplazando de esa manera a los frágiles patachos de los indígenas. El proyecto de Fernández significaba no solo iniciar la transformación de una actividad artesanal, sino además quebrar un monopolio que, según se decía, desde la fundación de la ciudad condicionaba su abastecimiento de pescado: la pesca estaba a la voluntariedad y ocio de los indios.

Allí estaba, el mar frente a ellos, aquel mar donde iba a surgir una historia de amor, fe y esperanza que nunca antes se había escrito.

Como de costumbre y casi por un acto de inmediatez psíquica los cuatro compañeros empezaron a rezar para la prosperidad de la actividad (la pesca).

La brisa y aquel calorcito en los pies descalzos estaban siempre allí, una sensación insólita que les erizaba todo el cuerpo y les revelaba que no estaban solos.

De derecha a izquierda, en los caballitos de totora navegaban para generar productividad aquel día. ¡Nada! Era uno de aquellos días en que el hombre pretendía hacer las cosas bien, pero la naturaleza no lo permitía.

  • Me cansé, bostezando expresó Antonio. ¡No hay nada!

Había entre ellos un impulso siniestro, que salía a flote en aquel momento tempestuoso, de ira o de cólera, de desesperación o de tristeza, que los arrastraba a destruir con saña lo que estaba fuera o lo que estaba dentro de su espíritu.

Preocupado por la situación pero sin perder la picardía liberteña, Roberto revisó entre sus cosas y sacó un checo con chicha de jora.

  • Nos ha ido mal, posiblemente tengas razón, te entiendo; pero
    ¿Quién entiende a la naturaleza? ¿Quiénes somos nosotros?,
    riéndose suavemente dijo Juan.

Era tradición entre aquellos pobladores llevar chicha de jora a las
actividades cotidianas, con el fin de brindar por lo bueno o lo malo. En efecto, aquella vez no fue la excepción.

La chicha de Jora es tradición y cultura; sinónimo de festividad, alegría y embriaguez; bebida hecha de maíz, que fue creada casualmente durante el gobierno del inca Túpac Yupanqui. Se dice que una fuerte lluvia deterioró los silos que almacenaban el maíz cosechado, originando que los granos se fermenten y originen una malta que fue desechada.

La leyenda cuenta que un indígena hambriento encontró en la basura la bebida desechada, consumiéndola completamente y quedando embriagado.

Recuerdo exactamente lo narrado por mi abuelo, él mencionaba un hecho posiblemente incierto, decía que tras la llegada de los españoles, el inca Atahualpa le había ofrecido al sacerdote dominico Vicente de Valverde un kero (vaso) de oro con chicha de jora. La bebida fue arrojada por el europeo pensando que el inca quería envenenarlo, cuando este acto es una tradición incaica para iniciar una conversación.

  • ¡Mira, Mira, Mira!, gritó eufóricamente Juan; 15 minutos después de haber estado bebiendo chicha.
  • Es un baúl – atinó Pedro mientras le daba una última chacchaca a una hoja de coca traída desde el pueblo.
  • ¡Es un baúl! ¡Es un baúl! gritaban todos esta vez, como si hubieran
    encontrado el más grande tesoro.

Flotaba entre las turbulentas olas costeñas una valija de cuero.
Sorprendidos y casi estupefactos por la situación, se miraban entre ellos, sus ojos reflejaban temor, pero también esperanza. Una esperanza y una fe fascista dispuesta seguir trabajando por obtener mejores resultados.

Antonio fue el primero que corrió hacia el baúl. Tan luego como sus
patachos, llegó a las olas del vasto mar y al baúl. Apoyando sus manos y rodillas en él, intentó levantarlo y llevarlo a la orilla. Y aunque el esfuerzo fue descomunal, no pudo llevarlo hacia sus compañeros.

Es ahí cuando una voz melodiosa susurraba entre las ondas sonoras de sus tímpanos.

  • Sigue adelante, porque ¡esto no ha terminado! Ahora entiende: Así como hay fuerzas perversas que quieren verte desistir en tu objetivo, cuentas con un enorme ejército de fuerzas bondadosas que te apoyarán. No te sientas solo, ni trates de resolver solo todos tus
    problemas. ¡Pide ayuda!
  • ¡No puedo conseguirlo! – gritó.

Juan acudió de inmediato en su ayuda. Este hizo una maniobra con la
embarcación para poder empujar el pesado objeto. Durante un largo rato empujo con sus gigantescos hombros, pero fue también en vano. Trató varias veces, pero le fue imposible.

  • ¡Vengan, ayúdennos! – les gritó entonces a sus otros compañeros.
    Al momento, Pedro y Alberto se unieron a él y Juan. Agachados, sujetaron el pesado baúl con dos mallas de pescar, a sus Caballitos de Totora.
  • ¡Ahora! – exclamó Juan.
    Los cuatro compañeros empujaron hacia arriba y hacia adelante, juntos.
  • ¡Levanten, empujen! – gritaban

De pronto se escuchó un agudo y pavoroso sonido procedente de la tierra, seguido de un ligero temblor que hizo tambalear a los cuatro compañeros que, juntos, habían podido traer a orilla tal misterioso baúl.

Sorprendidos por el tallado del misterioso baúl, confundidos por cómo llegó allí, el escepticismo se apoderaba de ellos; y más lo hizo cuando la curiosidad les embargaba de saber qué había dentro.

Es preciso señalar que, el alto grado de prosperidad alcanzado por Perú en el siglo XVI llamó mucho la atención de los europeos, quienes desde la época misma del descubrimiento pugnaron por conocer los términos de sustento de esta civilización.

Estábamos en una época complicada, difícil, sujetados a una evangelización española que avanzaba poco a poco. Es más, soy consciente en la historia que San Bartolomé había viajado a Perú durante el reinado del segundo Inca Cinchi Roca para bautizar algunos indios. También son tempranas las supuestas apariciones celestiales en tierras peruanas: en 1535-1536, y
durante el asedio que sufrieron los españoles de Cuzco por parte de incas rebeldes, se aparecieron sucesivamente la Virgen y el apóstol Santiago facilitando la victoria de los primeros. Se trató en este caso de un culto promovido indudablemente por las autoridades españolas para frenar las frecuentes rebeliones y los brotes de idolatría en la antigua capital inca.

Las imágenes de culto peruanas no se limitaron por tanto a ser una réplica de los modelos europeos. Algunas de ellas se adaptaron incluso a las problemáticas específicas del continente americano. Es el caso de la estatua del Crucificado realizada en madera y maguey, venerada en la catedral de Cuzco desde finales del siglo XVI, y conocida a partir de 1650 como «El señor de los Temblores».

El sol refulgía y brillaba mientras aquel misterioso baúl era avizorado por los sorprendidos indios payjanenses. Alberto, minutos después recorrió esa pequeña playa utópica devenida en realidad, con el fin de buscar y obtener más ayuda. A esa hora de la mañana apenas estaban ellos.

  • ¡Yo lo haré! – exclamó Antonio, seguido de un fulguroso y violento
    golpe en el pecho.

Antonio y Juan dieron el primer paso en su afán de saber qué había dentro. Asustados y miedosos lo abrieron, y al asomarse rápidamente vieron en la penumbra joyas de plata, cobre, oro y una pétrea imagen de un Cristo crucificado fulguraba en el interior de aquel espacio estrecho.

  • ¡Extraño, muy extraño! No puedo explicármelo, meditabundo dijo
    Alberto.
  • Lo que he visto en este breve momento no desaparecerá de mi
    memoria, en que vivirá siempre. Lo veré todos los días y soñaré con él todas las noches hasta que muera, exclamaba Juan.

Los compañeros payjanenses cansados por tal agotada actividad se
sentaron a la orilla del mar. Quedaron los cuatro contemplando el paisaje nebuloso, casi incoloro. El mar, amarillo de cerca, parecía gris a lo lejos.

  • Bien, ya es hora de repartirnos las cosas que estamos contemplando –dijo Juan–. Por mi parte quiero las joyas de oro.
  • Antonio lo miró con desazón, incordia, fastidio e incomodidad. Quería adueñarse de lo mismo. Pero vio que Juan era más fuerte.
  • Entonces –dijo Antonio–, yo deseo apropiarme de las joyas de plata y de cobre.

Ya habían sido evangelizados, sabían lo que significaba aquella imagen, sabían lo que consistía poseer tal valiosas joyas.
Pedro, un indio de tez delgada y de estatura pequeña, se acercó a divisar tal hallazgo, los miró directamente a los ojos y les hizo entender que aquellas joyas eran bendición de Dios, eran símbolo de prosperidad, y por lo tanto deberían pertenecer junto a la pétrea imagen del Cristo crucificado.

Los indios avergonzados por su codicia de inmediato se arrodillaron
haciendo un ligero círculo frente al baúl. Rezaron, oraron con la finalidad de dar las gracias por tal bendición.

Al terminar de dar gracias por el hallazgo taparon el baúl, con la pretensión de retornar al pueblo lo más pronto y dar la noticia, fueron a recoger sus redes que habían tirado sobre las aguas horas antes. Al momento de hacerlo, éstas se encontraban pesadas, se habían llenado de todo tipo de peces.

Los pescadores partieron rumbo al pueblo para dar a conocer la noticia al taita Cura y a todos los pobladores. Curiosamente empezaban a caer gotas del cielo, como augurando un breve y ligera lluvia.

Fueron caminando alegremente hacia el pueblo que ya se divisaba
encaramado en la reverberación del cerro Azul. Mientras avanzaban, y por lo que pudiera pasar, trataron de asumir el hallazgo de la sagrada imagen como símbolo de bienandanza, gracia, serenidad y tranquilidad. Los intrépidos caminantes debían aceptar con gusto todos los cambios de tiempo y hacer de la lluvia, por muy intensa que sea, una vivaz compañera.

Pese a que el viento y la lluvia seguían alternándose, en el camino se iban encontrando con amigos, familiares e indios transeúntes a los cuales ellos les comunicaban de tal virtualidad.

Minuto a minuto, segundo a segundo, el camino se empezó a llenar de gente que, impertérrita ante la volubilidad atmosférica, caminaba o corría: los hombres, a juzgar por sus caras, se diría que por prescripción facultativa, y los niños, por puro placer.

Cada vez más cerca, la concurrencia, los chismes, la gente, la pasión.

Cada vez más cerca, la noción suprema del orden trascendental de la vida apoyado en todos los contrarios aparentes y limitativos. ¡Ya estaban cansados!

Cada vez más cerca del amor hacia la devoción del Cristo redentor, de la melodiosa insinuación de aquel cálido Payjan y de la aurora preñada de sol naciente.

¡Cada vez más cerca!

Somos conscientes que éramos una reducción. Ergo, el trazado del pueblo de Payjan como reducción tenía que asimilarse a los criterios españoles, pero bañados y nutridos de nuestras fuentes latinas, de nuestro paisaje urbano en un medio ambiente templado, cálido y saludable.

Llegaron a la ciudad, aquel pueblo pequeño con calles anchas y derechas, en donde la cuadrícula aparecía como marca de civilización y una manera de afirmar el dominio sobre la naturaleza. La plaza central rodeada por la iglesia, el cabildo y la residencia del taita cura se convertía en el corazón del pueblo. Diferentes a la del taita cura, las casas de los indios del común debían ser independientes unas de otras y con puertas a la calle, fácilmente sujetas a la mirada del observador colonial.

Inmediatamente los indios fueron a entrevistarse con tal personaje para anunciarle la noticia.

  • Hemos encontrado a Cristo, hemos encontrado la fe, hemos
    encontrado la benevolencia de Dios en nuestro pueblo – expresó
    Juan al momento de observar de al taita cura.
  • No les entiendo – con una mirada peyorativa les dijo el taita.
  • ¿Sospecha usted, señor, que nosotros le estamos engañando?—le
    preguntaron al pálido y enervado dominico que estaba de pie
    delante de ellos.
  • Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin vacilación.
  • Es así—replicaron. —Los cuatro lo hemos encontrado entre las olas del mar y de la arena fina.
  • ¡No es posible, enérgicamente exclamó el taita cura.
  • Lo es, hemos encontrado a Cristo, nuestro Cristo, nuestro pueblo ha sido bendecido, mirándolo a los ojos le dijo Juan.

Las ilusiones vagas, las ilusiones definidas, la rabia por creer y la rabia por dudar, se sucedían en el taita cura de Payjan, y cuando ya no había más que duda e incertidumbre en su alma, cuando vio el brillo en los ojos de aquellos indios, como un meteoro, en cada minuto y en cada segundo de pensamiento se cernió sobre su cabeza aquella luz de fe; entonces esa duda se convirtió en esperanza, y cayó bajo el hacha del leñador sombrío. ¡Lo habían convencido de tal hallazgo!

Cuando los indios partían a sus hogares con una emoción embargando sus almas y corazones para dar la noticia del hallazgo, se encontraron con la visita de los frailes predicadores, los mismos que llegaban periódicamente para su tarea de evangelización.

Los frailes conocedores y conscientes del significado de tal suceso,
organizaron una delegación para que trajeran la imagen del bendecido Cristo, la misma que debería estar integrada por las diferentes familias que vivían en Payjan.

La república de los indios estaba compuesta por todos los indígenas
descendientes de la élite cuzqueña incaica, además de los indígenas
descendientes de las grandes tribus costeñas y andinas.

A la mañana siguiente, la delegación conformada se dirigió al balneario. Al divisar lo hallado no dudaron en empezar con los cánticos de alabanza seguidos de oraciones y devociones.
Cuando llegaron al pueblo, las paredes, los muros del bendecido pueblo parecieron abrirse de pronto en mil lugares, y por cada abertura asomaban ensordecedores cánticos de fe y alegría.

Era un brillante espectáculo, y fue acogido con aclamaciones a lo largo de su recorrido, a medida que la imagen del Señor de los Milagros (como después se le denominaría) seguía su majestuoso camino por entre la compacta multitud de ciudadanos, que gritaban de júbilo. Antonio miró a lo lejos sobre las agitadas calles semblantes y su corazón se inflamó de regocijo; sintió en su mente y en su corazón el bienestar y la prosperidad
para su pueblo,

Expresiones artísticas tan significativas como la música, la danza y la misma noción de belleza encontraban en la oposición complementaria su principal fundamento. Una muestra de ello la encontramos en el uso simultáneo del pincullo o las quenas, instrumentos de viento de uso exclusivo de los varones, que en muchas ocasiones son ejecutados de manera simultánea con las tinyas o tambores que forman parte del repertorio musical de las
mujeres.

Se acercaba la hora de la comida y, por extraño que parezca, la idea no ocasionó en los cuatro amigos sino un desasosiego, pero sin terror alguno.

El hallazgo de la sagrada imagen había fortalecido en extremo su confianza.

Todo era hermoso y agradable. Juan sentía que le latía con más fuerza el corazón, y a sus ojos asomaba una luz de alegría. Avanzaba con la mayor gracia, tanto más cuanto que estaba ausente de ella, pues su espíritu estaba deleitado y absorto en el alegre espectáculo.

Se sentó a la mesa sin quitarse el sombrero de paja que llevaba puesto, y lo hizo sin el menor embarazo, porque el comer con el sombrero puesto era la única costumbre regia en donde los indios y los españoles se hallaban en terreno conocido.

Juan se daba cuenta de que centenares de personas, entre indios e
hispanos seguían cada bocado hasta sus labios y le miraban hasta que lo comía. Era el centro de atención en ese momento, en esos breves segundos, en esos breves minutos; esto debido a que se había ganado el respeto y la admiración por su labor de lucha constante y permanente de mantener cierta paridad de derechos y deberes para los indios peruanos.

Los cuatro amigos se encontraron entre la multitud, cuando al fin terminó la comida de sus brillantes séquitos, con los oídos ensordecidos por el clamor de los pincullos, de las tinyas y de las miles de aclamaciones fervorosas.

Las casas, iluminadas con antorchas, ya estaban llenas de gentes dispuestas a permanecer esperando unas cuantas horas hasta que llegue el momento de ver lo que no esperan ver dos veces en sus vidas: la coronación y la nominación como El Señor de los Milagros de Paiján a aquella pétrea y milagrosa imagen encontrada en el vasto mar.

Sí, Payján en ese momento estaba activo desde que retumbaron los
disparos hispanos de aviso a las cuatro de la mañana, y ya la multitud de españoles adinerados y familias notables, que habían comprado el privilegio de buscar sitio para sentarse en primera fila avizoraban la posibilidad de designarle un nombre en especial a aquella bienaventurada imagen.

La escena ya estaba bastante animada. Había movimiento y vida, y colores cambiantes por todas partes. Al cabo de un rato, vuelve a reinar la calma, porque todos los privilegiados habían llegado y estaban en sus sitios.

Ahora un enviado especial de algún lejano rincón del norte peruano entra con el cuerpo de personas adineras residentes de Trujillo. Luego el intenso estruendo de los instrumentos musicales andinos anunciaba que la multitud junto al Cristo milagroso ya estaban asomándose por los caminos de La Alameda.

La arquitectura colonial peruana atestigua un aspecto significativo del Perú como nación: su diversidad, la que bajo ningún aspecto es contradictoria de la unidad nacional. Durante el siglo XVI, al edificarse las primeras construcciones renacentistas, algunas de ellas con techumbres mudéjares, la más indiferenciada uniformidad arquitectónica cubrió las nuevas ciudades del Perú. Posteriormente, durante la segunda mitad del siglo xvii, comienza la diversificación de los núcleos arquitectónicos regionales, que se consolida a plenitud durante el siglo xviii. Cuzco, Arequipa-Puno, Lima, Cajamarca y Ayacucho desarrollan sus propias formas de arquitectura con muy pocas coincidencias e influencias mutuas, antes bien como núcleos autónomos, de tal modo que allí comienza la unidad de las diversidades arquitectónicas en el Perú.

El Santuario de Payján refleja un estilo barroco, sin embargo, aquí no hay una reiteración de un diseño arquitectónico común, sino una continuidad evolutiva. Los arquitectos del barroco paijanense, menos espectaculares que los provincianos, mantuvieron; no obstante, despierto el espíritu de creatividad y de renovación a lo largo de un siglo. Precisamente, por no haber sido conservadores, acogieron las novedades del rococó y del neoclásico.

El taita cura, representante de la Iglesia, junto con sus asistentes y
mayordomos, se alinearon sobre la plataforma y tomaron los lugares a los que ellos se les había designado. Ya iba a comenzar la ceremonia, hubo una pausa de espera, luego a una señal, estalló en estruendo de música triunfal y la delegación de familias junto a los cuatro amigos, Pedro, Juan, Alberto y Antonio quienes traían en hombros a la imagen del Señor de los Milagros. Se levantó toda la multitud y empezó la ceremonia.

Luego un fervoroso y alegre himno barrió el pueblo con sus olas de sonido, y de esta manera anunciado y recibido, la sólida y bienaventurada imagen fue conducida al altar mayor.

Juan, Pedro, Alberto y Antonio al terminar la festividad se dieron rumbo al cerro azul, con la finalidad de rezar y dar gracias por aquellos días de gloria que estaban pasando y que pasarían en adelante, aquel cerro ubicado a unos cuantos kilómetros de la ciudad, aquel cerro donde subyacen historias y encienden esperanzas.

Al llegar a la cima se encontraron con Don Ignacio, un indio anciano de aproximadamente 78 años de edad.

Los amigos estaban caminando en el acalorado collado. De repente, Juan se cayó, lastimándose y gritó:

  • ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyy!

Para su sorpresa, oyó una voz que repetía, en algún lugar de la montaña:

  • ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyy!

Con curiosidad, Juan gritó:

  •  ¿Quién está ahí?

Y recibió esta sorpresa:

  • ¿Quién está ahí?

Furioso y confundido por lo que pasaba, gritó: ¡Cobarde!

Y escuchó – ¡Cobarde!

Juan miró al anciano y le preguntó: – ¿Qué sucede? El anciano, sonriendo, le dijo: – Hijo mío, presta mucha atención – y gritó hacia lo más alto – ¡Te admiro!

Y la voz le respondió: – ¡Te admiro!

De nuevo, el anciano gritó: – ¡Eres un campeón!

Y la voz le respondió: – ¡Eres un campeón!

Los indios estaban asombrados, pero no entendía nada. Entonces el
anciano les explicó:

  • La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces.

Símbolos

Bandera

Su creador es el profesor Elías Verástegui Arroyo, quien ganó el concurso con el seudónimo el Zorro. La bandera fue oficialmente presentada el 27 de julio de 1997. Los colores de la bandera son: morado, dorado, verde y azul.

  • El color morado representa la religiosidad del Santo Patrono del Señor de los Milagros.
  • El color dorado representa el clima con su sol radiante del valle Chicama.
  • El color azul representa la inmensidad del mar.
  • El color verde, representa la naturaleza, el verdor del Paiján Agrícola.

Escudo

El creador del escudo es Edgard Carril Llanos, quien fue el ganador del concurso el 25 de agosto de 1995 con el seudónimo “El Chasqui”. El escudo está constituido por tres partes:

  • En el lado derecho se ve tres puntas pétreas sobre fondo rojo indio, que significa la historia.
  • En el lado izquierdo se al caballito de totora como signo para pescar, el cirio con su llama encendida y sobre esta llama una cruz flotando que significa el hallazgo del Sr. De los Milagros, sobre un fondo de cielo celeste y abajo el mar azul del Milagro.
  • En la tercera parte se observa un poncho con un sombrero que representa la Marinera; el estribo con la montura que significa el caballo de paso y un ejemplar de gallo que representa al gallo de pelea.
  • Coronando el escudo el nombre de Paiján, sobre la estrella luminosidad del pueblo, que brilla con luz propia.
  • A los costados: La planta de maíz y abajo una paloma y caña de azúcar representando a la agricultura, actividad típica del paijanero. La roseta identifica a nuestros caballos: El Sol de Paiján. Los adornos representan a los dibujos encontrados en la cultura Licapa.
  • El color morado significa la religiosidad y el rojo y blanco para reconocer al Perú.

Bibliografía

  • Libro: “Historia y Tradición de Paiján”: Autor: Walter Chirinos Purizaga
  • Libro: “Relatos de don Genaro Epifania”.
  • Libro: “Historia de Paiján”. Autor: Enrique Paz Ezquerre
  • Libro: “Historia de una tradición”: Autor: Jimmy Romero Chirinos

 

 

Ascope, La Libertad, Peru